Charlie y la fábrica de chocolate

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Roald Dhal es uno de esos autores injustamente etiquetados y abandonados en la vieja sección de libros infantiles y juveniles. Sus obras, numerosas y conocidas como Matildha o James y el melocotón gigante se hicieron famosas por las recientes adaptaciones al cine pero no precisamente por su lectura.

Este es el caso de Charlie y la fábrica de chocolate, un libro que desde su propio título provoca hambre en el lector. Debajo de la  simple historia de cinco niños que al encontrar cinco billetes dorados escondidos en chocolatinas por todo el mundo visitan como premio la mayor fábrica de chocolate del mundo, Roald Dahl esconde muchas cosas. Cada uno los niños representa varios modelo de conducta y clase social y sin embargo esto no es lo más importante  sino lo que pretende transmitir: Charlie es ejemplo de la necesidad de luchar por las cosas que uno de desea, en contraposición a aquellos niños caprichosos y consentidos que consiguieron el billete dorado por una vía cómoda e injusta. Roald Dahl, sin ningún tipo de reparos, pretende ilustrar como cada acto humano es importante por sí mismo y tiene su correspondiente consecuencia.

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Aunque la novela se llevó al cine en dos ocasiones, una de ellas de la mano de Tim Burton, y es ya  para muchos una historia  conocida, el libro no deja de sorprender y consigue devolvernos a la infancia. Cada capítulo está lleno de inventos sorprendentes y novedosos como chocolate que devuelve el pelo a lo calvos, chocolate invisible, chicles con sabores a comidas o chocolate vitaminado e inacabable para aquellos que tienen menos recursos. También podrás encontrar canciones paródicas, aventuras inacabables y seres increíbles.

Cada nuevo capítulo hará que se te haga la boca agua con las descripciones de los olores, los sabores y los muy diferentes colores de los dulces de la fábrica de Willy Wonka, como los ríos de chocolate o las nubes de algodón.

“-Y además –continuó el abuelo Joe, hablando ahora muy lentamente para que Charlie no se perdiese una sola palabra-, el señor Willy Wonka puede hacer caramelos que saben a violetas, y caramelos que cambian de color cada diez segundos a medida que se van chupando, y pequeños dulces ligeros como una pluma que se derriten deliciosamente en el momento en que te los pones entre los labios. Puede hacer chicle que no pierde nunca su sabor, y globos de caramelo que puedes hinchar hasta hacerlos enormes antes de reventarlos con un alfiler y comértelos. Y, con una receta más secreta aún, puede confeccionar hermosos huevos de azulejos con manchas negras, y cuando te pones uno de ellos en la boca, éste se hace cada vez más pequeño hasta que de pronto no queda nada de él excepto un minúsculo pajarillo de azúcar posado en la punta de tu lengua.
El abuelo Joe hizo una pausa y se relamió lentamente los labios.

-Se me hace la boca agua sólo de pensar en ello –dijo.”

Quizá su única desventaja sea precisamente su propia esencia, que es literatura. Por lo demás, un libro recomendable para todas las edades.

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