Diez curiosidades literarias

1. Dostoievski: nació en el manicomio donde trabajaba su padre y se crió rodeado de enfermos mentales, algo que marcó su vida y obra.

2. Nicolás Gogol: tenía verdadero pánico a ser enterrado vivo, por eso, pidió a sus amigos que después de muerto esperasen el tiempo suficiente para que su cuerpo presentase síntomas de descomposición. Así lo hicieron.

3. Marcel Proust: la editorial con la que se topó fue tan coloquial como hiriente respecto a su gran obra, En busca del tiempo perdido: “Mi querido amigo, puede que esté muerto de cuello para arriba, pero aún así no veo por qué un tío puede necesitar 30 páginas para describir cómo cambia de postura en la cama antes de dormir”. El escritor francés llegó hasta el punto de pagar de su bolsillo a una editorial para ver publicada su obra.

4. Frank L. Baum: el célebre autor de El maravilloso Mago de Oz, se inspiró en un cajón de un archivador para poner el nombre a su obra. Al parecer, la etiqueta del archivador indicaba “O-Z”

5. Charles Dickens: es la excepción a la regla que dice que los escritores necesitan soledad para concentrarse. Esto fue lo que su cuñado Burntt contó sobre él en una ocasión:

Una tarde en Doughty Street, la señora Dickens, mi esposa y yo estábamos charlando de lo divino y lo humano al amor de la lumbre, cuando de repente apareció Dickens. “¿Cómo, vosotros aquí?”, exclamó. “Estupendo, ahora mismo me traigo el trabajo”. Poco después reapareció con el manuscrito de Oliver Twist; luego sin dejar de hablar se sentó a una mesita, nos rogó que siguiéramos con nuestra charla y reanudó la escritura, muy deprisa. De vez en cuando intervenía él también en nuestras bromas, pero sin dejar de mover la pluma. Luego volvía a sus papeles, con la lengua apretada entre los labios y las cejas trepidantes, atrapado en medio de los personajes que estaba describiendo…

6. Truman Capote: planificaba sus obras hasta extremos insospechados. El también escritor Paul Bowles contó en su día esto sobre él:

Un día Truman nos trazó su programa literario para los siguientes veinte años. Era tan detallado que por supuesto lo tomé como una fantasía. Parecía imposible que alguien supiese con tanta anticipación lo que iba a escribir. Pues bien, todas las obras que había descrito en 1949 fueron apareciendo, una tras otra, en los años posteriores. Estaban todas en su cabeza esperando a ser incubadas.

7. Philip Roth: frecuentaba una tienda de alimentos en la que trabajaba Julian Tepper que acababa de publicar su primera novela, Balls. Tepper, admirador del primero, le regaló su libro y le pidió consejo. Roth fue tan sincero como contundente:

—Yo lo dejaría ahora que puedes. De verdad. Es un campo horrible. Tortura. Escribes y escribes, y entonces tienes que tirar la mayor parte porque no está a la altura. Yo te diría que lo dejases ahora. No quieres hacerte esto a ti mismo.

8. Hemingway: no podía escribir sin sus amuletos de la suerte en su bolsillo derecho: “una castaña de Indias y una pata de conejo raída, con los huesos y los tendones relucientes de tanto sobarlos”.

9. Alfred Jarry: escritor surrealista francés. Sus últimas palabras fueron: “me estoy muriendo, por favor, tráeme un palillo de dientes…”

10. J. K. Rowling: Cuando envió el manuscrito de Harry Potter a 12 editoriales, sólo recibió negativas. Finalmente, la hija de ocho años del presidente de Bloomsbury convenció a su padre para que lo editara.

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