Sobre el estilo

Me gustaría poder decir que en este país escribimos todos bien y, si al menos no bien, decentemente. En un país en el que las letras no se valoran y en el que apenas se lee, todo se reduce a eso, a un tiempo verbal condicional. 

Es aquí donde entra el corrector, aquel gran desconocido. Hoy cualquiera se dice corrector, cierto, ya que correctores hay muchos gracias a esos infinitos cursos que se publicitan en todas partes, como los de Cálamo y Cran. Pero como digo: no, no somos conocidos.

Cuando alguien se anima a mejorar el estilo de su texto o simplemente a mejorar la ortografía, pagar el precio estipulado por el gremio de editores le parece un gasto innecesario, vamos, que parece que vendemos cristal de bohemia.

Por un momento deberíamos pensar que corregir no es leer, es dedicar muchas horas a un puñado de páginas, es hacer búsquedas miniciosas, quedarnos medio ciegos y mejorar hasta lo inmejorable y, hasta en el peor de los casos, reescribir.

No hay texto perfecto, por mucho que se corrija una y otra vez y, sin embargo, los correctores a veces obramos milagros porque, como todo el mundo sabe, los milagros son esos pequeños cambios que no se notan y apenas son  nada, aunque dan vida a grandes cosas.

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