Pan y letras

Según parece los orígenes del pan datan de la prehistoria. Posiblemente una masa fermentada al sol o abandona cerca de una hoguera por error. Pero el error dio buenos frutos y gracias a eso tenemos un alimento milenario alabado durante siglos de literatura. Según dicen, el filósofo Demócrito logró prolongar su vida tres días gracias al olor del pan, el Lazarillo robaba pan al clérigo del baúl, Neruda le dedicó una de sus odas elementales, el desencadenante de Los Miserables de Víctor Hugo fue un robo de pan y Azorín  dejó una larga lista con los tipos de pan conocidos en la época cuando los recordaba durante su exilio en París: “hogaza, mollete, rosca, libreta, tetera, morena, oblada, bodigo, zatico, cantero, corrusco, pan leudado, o con levadura, o leuda; pan ácimo o cenceño, sin levadura, pan pintado, en fin, pan con adornos o dibujos trazados con la pintadera. Y si hay pan blanquísimo, pan candeal, también hay pan sustancioso, pan moreno, bazo o prieto”. El refranero nos dejó una hogaza entera de frases y los cuentos tradicionales solo las migas, como las de Pulgarcito.

Y como no solo de pan vive el hombre…

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Dejaron un pan en la mesa,
mitad quemado, mitad blanco,
pellizcado encima y abierto
en unos migajones de ampo.

Me parece nuevo o como no visto,
y otra cosa que él no me ha alimentado,
pero volteando su miga, sonámbula,
tacto y olor se me olvidaron.

Huele a mi madre cuando dio su leche,
huele a tres valles por donde he pasado:
a Aconcagua, a Pátzcuaro, a Elqui,
y a mis entrañas cuando yo canto.

Otros olores no hay en la estancia
y por eso él así me ha llamado;
y no hay nadie tampoco en la casa
sino este pan abierto en un plato,
que con su cuerpo me reconoce
y con el mío yo reconozco.

Se ha comido en todos los climas
el mismo pan en cien hermanos:
pan de Coquimbo, pan de Oaxaca,
pan de Santa Ana y de Santiago.

En mis infancias yo le sabía
forma de sol, de pez o de halo,
y sabía mi mano su miga
y el calor de pichón emplumado…

Después le olvidé, hasta este día
en que los dos nos encontramos,
yo con mi cuerpo de Sara vieja
y él con el suyo de cinco años.

Amigos muertos con que comíalo
en otros valles, sientan el vaho
de un pan en septiembre molido
y en agosto en Castilla segado.

Es otro y es el que comimos
en tierras donde se acostaron.
Abro la miga y les doy su calor;
lo volteo y les pongo su hálito.

La mano tengo de él rebosada
y la mirada puesta en mi mano;
entrego un llanto arrepentido
por el olvido de tantos años,
y la cara se me envejece
o me renace en este hallazgo.

Como se halla vacía la casa,
estemos juntos los reencontrados,
sobre esta mesa sin carne y fruta,
los dos en este silencio humano,
hasta que seamos otra vez uno
y nuestro día haya acabado…

Gabriela Mistral
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Yo también soy un poco Borges

La historia de los laberintos se remonta desde la prehistoria a nuestros días con grandes admiradores como Borges, el cual llegó a convertir esta famosa construcción en su símbolo personal, su fetiche y casi su residencia en enormes bibliotecas. El laberinto para él fue el tiempo, el espacio, las dudas y su oficio ” Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.”

A grandes rasgos, podemos ubicar los primeros laberintos en las tumbas prehistóricas, que solían de acompañarse de este símbolo circular por lo que quizás su primera simbología fuese la muerte o la reencarnación. Otro de los mayores laberintos de la historia, fue el de Egipto, creado como medio para atrapar el espíritu de los dioses. En el 310 a.C. los griegos imitaron el egipcio pero con un tamaño 10 veces menor y subterráneo. Se piensa que su construcción se debió a fines militares como prisión de los guerreros enemigos que encerrados allí, morían  de hambre, de ahí surgió el mito del minotauro.

Tiempo después los cristianos adoptaron el laberinto como un elemento simbólico de la vida cristiana basada en la búsqueda y en la espera pero sobre todo de los tortuosos caminos para hallar a Cristo. Prieba de ello es que algunas catedrales e iglesias francesas conservaron esta idea en las baldosas en recuerdo a los orígenes. También con valor religioso surgieron en el sur de Europa algunos laberintos que eran lugar de penitencia.

En la época medieval continuó la presencia del laberinto en juegos cortesanos como en los países norte europeos donde se solían encerrar a una joven en el centro de un laberinto y debía ser rescatada por los caballeros más jóvenes como prueba de amor y rito iniciático. En el Renacimiento el laberinto se asoció al hombre como centro de conocimiento.

En el siglo XVIII, el laberinto volvió a cobrar vigor como elemento decorativo de cientos de jardines aristocráticos y se convirtió en un lugar del jardín propicio a amores y a juegos cortesanos. Así llegando a nuestros días vemos que están presentes en videojuegos y en tantas otras artes como la literatura, la fotografía o la pintura. He ahí una curiosa muestra:

 

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